dimecres, 17 de setembre de 2014

NECESITAMOS LOS DETALLES



Los números son fríos y se olvidan. Dicen las estadísticas que son 50 las que han perdido la vida en lo que llevamos de 2014. No es más que una cifra o un nombre, a veces menos, una inicial, un lugar.  Lo máximo que nos extraen es un suspiro de derrota, un escalofrío de impotencia. Pero sabemos que mañana, a lo más tardar pasado, la lista se ampliará, otra mujer dejará de existir porque su expareja o pareja lo ha decidido así. Ya lo hemos incorporado al attrezzo cotidiano. A otra cosa mariposa.
El pueblo esperando de Evelyn Williams

No hay estadística para Carmen Rodríguez. El patriarcado tiene controlado el sistema, los daños psicológicos son invisibles y por tanto, de cara a la sociedad, no son registrables. Por lo tanto, el problema no existe. Las humillaciones que se padecen en el ámbito privado son imposibles de demostrar. Es tu palabra contra la mía. La violencia de género en el caso de Carmen tiene que cambiar de registro para salir de la vía muerta. De la estricta cuantificación de las víctimas físicas se tiene que pasar a la descripción cualitativa de los detalles del dominio. Pelos y señales del espanto, una arma eficiente para derribar el muro de silencio que ha contruido la insensibilidad colectiva.
Si ustedes son capaces de leer el relato de Carmen y no sentir por dentro un desasosiego brutal les admiro. Le ha dirigido una carta a Ana Mato, con una valentía encomiable se confiesa víctima de la violencia machista, víctima sin dígito.

Somos esas mujeres a las que han cogido del cuello y, con los pulgares, han recorrido sus clavículas lentamente mientras, con una mirada fría, les preguntaban: "¿De qué tienes miedo? Yo te quiero.

No hay que tener una imaginación desbordante para sentir el pánico por persona interpuesta. Yo te quiero. Ya se sabe hay amores que matan. El amor es el comodín que siempre se encuentra en el sustrato de los dominios. 

Somos esas mujeres a las que nos han advertido: "Tengo todo el tiempo del mundo para agotarte", a las que les han introducido objetos cortantes en la vagina y que han terminado abrazadas después a ese ser, dándole las gracias porque no les había hecho daño, porque no había ido a más, porque querían creer que sí, que era un juego y que, quizás, la culpa de sentirse tan mal y con tanto miedo era de ellas, porque eran unas tontas y unas estrechas y porque él, en realidad, era bueno. Somos las mujeres que han visto cómo intentaban que las despidieran del trabajo para quitarles lo poco que les quedaba de estabilidad en su vida.

Qué cabrón sube a nuestra boca en primera instancia. El cabrón puede ser su compañero de trabajo o su vecino de enfrente. El cabrón se viste de piel de cordero cuando cruza la puerta de su castillo. El cabrón puede obtener informes psicológicos de malos profesionales para obtener la custodia de los hijos compartidos y seguir martirizando a la víctima invisible. El cabrón se lo pasa pipa humillando, dominando, decidiendo por donde conduce a la mujer para que se despeñe.

Es más, cada día, cuando entramos por el portal de esa nueva casa de la que, supuestamente, no tiene la dirección, subimos las escaleras pensando qué pasaría si estuviera esperándonos arriba. Tal es el pavor que sabemos cuántos segundos tardamos en llegar abajo y hemos hecho simulacros para bajar de dos en dos los escalones por si un día ocurre eso y tenemos que salvarnos. Pero eso no lo ve nadie, porque no queda registro en nuestra epidermis y no podemos abrirnos el pecho para que vean cómo nos late el corazón cuando vemos a algún señor que se parece a él, que viste con sus colores…


Se me olvidaba. Nadie ha visto nada, nadie ha escuchado nada, nadie ha sentido nada extraño. La víctima no contabilizada, la mujer sin señales o que ha tenido la suerte de no ser asesinada todavía, está sola. Y si alguien viera, escuchase o sintiese algo, puede escurrir el bulto afirmando que Carmen exagera. Y si alguien después de haber visto, escuchado o sentido algo tuviera mala conciencia, compadecerá a Carmen. Y entonces descubrimos a quemarropa que el sol no sale igual para todos los ciudadanos, especialmente si son mujeres y no se pueden quitar de encima el pánico ni con lejía.


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