dijous, 18 de setembre de 2014

OTROS INGREDIENTES



Si usted decide hacer una paella y no le sale gustosa seguramente apostará por añadir algún ingrediente que aporte lo que no ha conseguido hasta la fecha. Parece que los economistas no entiendan un pijo de gastronomía y los interesados gobernantes (títeres de los que tienen la sartén por el mango), menos. El mejor arroz para ellos es la puñetera productividad, una palabra que lo mismo sirve para un roto que para un descosido. No somos productivos. Y se quedan tan anchos, durante la época de alegría económica nadie se fijó en el sustantivo de marras, ahora es un estigma que nos impide salir del más profundo de los pozos. Los alemanes sí que son productivos. Ahora que tienen crecimiento 0 se produce el silencio en los tendidos. Obviamente la mejor forma de conseguir la ansiada productividad es despedir a todo quisqui y bajar los salarios. Qué hay más productivo que un currito que labora de sol a sol por un misérrimo sueldo. Después de cinco años haciendo el gran sofrito se dan cuenta que el austericidio provoca la caída del consumo y  hay serio peligro de la deflación (que se pegue el arroz). ¡Cáspita! ¿Cómo pudo suceder? Y uno se mea de risa, pero poco, porque los destrozos de los cocineros en el poder están dejando sin comer paella a un huevo de gente. Y para arreglar el desaguisado se dedican a tirar a la paella ingentes cantidades de pescado podrido (declaraciones de ministros y adláteres) que pegan un tufo a negocio privado que tira para atrás. Moraleja, la economía se recupera solo para ellos y el futuro anda todavía instalado en el negro rematado.
Iwase Yoshiyuki

Yo, cual Ferrán Adrià de la economía (toma autobombo) quisiera incorporar un nuevo ingrediente que no figura en la mayoría de las quinielas para mejorar el tema de la pasta. Se lo he comprado a Juan Carlos Cubeiro (Clase creativa. Planeta Empresa, 2008). El azafrán que da gustillo a las mejores economías del planeta es LA CREATIVIDAD. ¿Abucheos? No hablo del concepto en abstracto, hablo de una variable económica que como es de difícil cultivo (requiere cambios culturales profundos) ninguno de los oportunistas macrovisionarios se atreve a incorporar a la receta de la paella. Cubeiro siguiendo las investigaciones de Richard Florida (padre del concepto clase creativa) explica que las empresas TIC en Europa ocupaban en 2008 tan solo al 6% de la población, contra el 35% de clase creativa que significaba el 50% de los salarios.
Según Richard Florida la clase creativa tiene dos componentes: el “nucleo supercreativo” (científicos, ingenieros, profesores universitarios, poetas y novelistas, artistas, cómicos, actores, arquitectos, ensayistas, editores, investigadores, analistas, líderes de opinión) y los “profesionales creativos” (tecnólogos, bancarios, juristas, abogados, médicos, enfermeras, empresarios. “Son quienes han de pensar por sí mismos para ganarse la vida”.
Constato con pesadumbre que una parte del capital creativo español se ha pirado con viento fresco a lugares más propicios. Aquel sector que podía ejercer de locomotora de la economía ha desertado por falta de condiciones idóneas. En España, hemos sustituido la creatividad por el emprendimiento. ¿Emprender qué? Ah, no sé, pero emprender.
En 2003, un centenar de creativos se reunieron en Tennessee para acordar las bases de un entorno creativo. Tomen nota y si encuentran rastro de alguno de los puntos de su hoja de ruta en su entorno denúncienlo a la policía cuanto antes. Cultivar e incentivar la creatividad, invertir en el ecosistema creativo, abrazar la diversidad (el nivel de tolerancia a la homosexualidad y el papel de las mujeres en las sociedad son medidores válidos), “nutrir” a los creativos, valorar la asunción de riesgos, ser auténtico (vinculado a la inteligencia espiritual, ¿verdad, Pujol?), invertir en calidad del lugar, combatir los obstáculos de la creatividad, asumir responsabilidad (palabra tabú) para el cambio, asegurar que cada persona, ESPECIALMENTE los niños, tienen derecho a ser creativos (se acabó pintar dentro de la línea).

Además de generar puestos de trabajo, la clase creativa puede conseguir que el número de ansiolíticos que consume la población se reduzca drásticamente. Como decía David Bohm, padre de la teoría del orden implicado: “Si te quedas atascado en un orden repetitivo y mecánico, acabas degenerándote.” 


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